Cómo ser emocionalmente inteligente (de verdad)

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Que debemos aprender a ser conscientes de lo que sentimos, a saber gestionar nuestro estrés o a ser simpáticos con los demás para mejorar nuestra Inteligencia Emocional es bastante obvio, ¿no?

Nadie puede negar la importancia de estas habilidades para comenzar a ser más inteligentes con las emociones.

Pero, ¿es suficiente para ser emocionalmente inteligentes de verdad?

Lo cierto es que no.

Aquí va algo que mucha gente no entiende todavía; la Inteligencia Emocional no es simplemente la capacidad para entender y gestionar las emociones, sino una nueva forma de interactuar con el mundo.

Cuando desarrollamos Inteligencia Emocional no solo adquirimos un conjunto de habilidades, sino que realizamos un cambio de mentalidad también.

En este artículo vamos a ver el cambio de identidad que necesitamos lograr.

El cambio de mentalidad

El apropiado desarrollo de nuestra Inteligencia Emocional comienza con la clara comprensión de un principio básico:

Hay cosas en la vida que podemos controlar y otras que no. 

De este principio derivan dos reglas fundamentales que no solo son los pilares de la Inteligencia Emocional de verdad, sino que nos atreveríamos a decir que es la base de la tranquilidad interna y bienestar emocional:

1- Debemos hacernos responsables de aquello que podemos controlar.

2- Debemos colocar nuestra felicidad en aquello que podemos controlar.

Y déjame decirte otra cosa; la gente que intenta desarrollar su Inteligencia Emocional y no lo consigue es porque no interiorizan estos dos pilares.

Pero empecemos por el principio.

Qué podemos controlar y qué no

Las personas emocionalmente inteligentes de verdad comprenden que hay muy poco sobre lo que tienen control en sus vidas.

Por una parte, son conscientes de que no es posible controlar lo que sienten o lo que piensan de los estímulos que experimentan ―no podemos controlar lo que nos pone tristes, lo que nos enfada o lo que nos hace gracia―.

Y, evidentemente, no pueden controlar cómo se sienten ―ni cómo piensan ni cómo actúan― los demás. Por lo tanto, saben que lo único que tienen influencia directa en sus vidas es cómo reaccionan a sus propias emociones y pensamientos, y a las acciones de los demás.

Nada más ni nada menos.

Hacernos responsables de aquello que podemos controlar

Como nuestras emociones derivan de nuestro pasado y de nuestras experiencias, nuestras emociones son nuestras y de nadie más. Y las emociones de los demás son suyas, siendo cada uno responsable de sus propias emociones.

Por eso responsabilizar a los demás de algo que les es imposible controlar ―como nuestras propias emociones, pensamientos o acciones― es injusto. En consecuencia, las personas emocionalmente inteligentes siempre asumen la responsabilidad de lo que es suyo; sus emociones y sus pensamientos, y de lo que pueden controlar; de cómo reaccionan a estos ―sus acciones―.

Además, las personas emocionalmente inteligentes no solo se hacen responsables de lo que pueden controlar, sino de lo que pudieron controlar también.

Una persona emocionalmente inteligente de verdad, al suspender un examen nunca pensará:

«El profesor suspendió mi examen porque me odia. No puedo hacer nada al respecto», sino que dirá:

 «Vale, he suspendido el examen y es responsabilidad mía. ¿Qué puedo hacer para aprobar la próxima vez?»

Una persona emocionalmente inteligente de verdad, cuando ha perdido su puesto de trabajo, nunca pensará:

«Mi jefe me ha despedido del trabajo y se va a arrepentir ese hijo de….», sino que dirá:

«Vale. He perdido mi trabajo y probablemente exista una buena razón para ello. Debo haber cometido algunos errores y voy a esforzarme en entenderlos, en mejorar y en asegurarme también de que no vuelvan a ocurrir en mi próximo trabajo».

Colocar nuestra felicidad en aquello que podemos controlar

En última instancia, las personas emocionalmente inteligentes se hacen siempre responsables de su propia felicidad.

Porque en el momento en el que no nos hacemos responsables de nuestra propia felicidad, sufrimos.

Es decir, en el momento en el que colocamos nuestra felicidad en aquello que no podemos controlar (en aquello que no podemos hacernos responsables) como en lo que digan, sientan o hagan los demás, sufrimos.

Si nuestro bienestar o felicidad se basa en la temperatura que haga mañana, o en lo que diga el presidente del gobierno o en lo que haga el primo Paco… si no dicen o hacen lo que nosotros querríamos, sufriremos siempre.

Cómo ser emocionalmente inteligente (de verdad)

Y eso, las personas emocionalmente inteligentes, lo saben. Por eso evitan siempre responsabilizar a otros de su propia felicidad, haciéndose responsables en todo momento de lo que les pasa en sus vidas.

Siempre.

Falta de Inteligencia Emocional = sufrimiento

Pero esto no es como solemos actuar en nuestro día a día, ¿verdad?

Si lo pensamos bien, los seres humanos –por defecto– solemos intentar controlar lo que nos es imposible y evitamos hacernos responsables de lo que sí podemos de verdad.

Pretendemos controlar cómo deberían sentirse o qué deberían pensar los demás, cuando lo cierto es que:

1- No podemos controlarlo.

2- No pueden controlarlo ni ellos mismos.

Y, por supuesto, pretendemos controlar lo que deberían hacer los demás también, aunque no podamos.

Por eso sufrimos, y decimos:

«No me has _____».

«Sueles hacer _____ y no me gusta».

«¿Por qué no haces _____ por mi?»

Por otro lado, nuestras emociones son las predicciones de nuestra amígdala basándose en nuestro pasado, pero no nos hacemos responsables de ellas. Por eso sufrimos y decimos a los demás:

«Me has hecho daño».

«Me has decepcionado».

Además, evitamos hacernos responsables de lo que sí tenemos capacidad de control de verdad ―nuestras acciones/decisiones― y decimos;

«Mira lo que me has hecho hacer».

«Lo que me ha ocurrido es todo culpa tuya».

Y, por lo tanto, hacemos sufrir a los demás.

¿La clave?

Responsabilizarnos de lo que podemos controlar y colocar nuestra felicidad en aquello que podemos controlar.

Porque nadie sufre más que aquel que espera que los demás le hagan feliz.

12 comentarios en “Cómo ser emocionalmente inteligente (de verdad)”

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