Cómo proyectamos nuestras inseguridades en los demás

«No deberías salir así de casa».

«Esa persona no te conviene».

«¿En serio vas a tomar esa decisión?»

«Estás cometiendo un error».

¿Te suenan estas frases?

Percepciones, opiniones, puntos de vista… ¿Inseguridades?

Debemos escuchar la opinión de los que más nos quieren a la hora de tomar una decisión –sobre todo una decisión importante– aunque sea incómodo hacerlo, por supuesto. Pero, ¿debemos tener todas las opiniones en cuenta?

Nuestras necesidades

Como personas emocionalmente inteligentes debemos entender que, por cómo estamos diseñados –para bien o para mal–, las emociones influyen en todas nuestras decisiones. Vamos por la vida valorando, inconscientemente por supuesto, cada experiencia que vivimos y nos sentimos de cierta manera sobre los eventos que nos van ocurriendo.

Debido a cómo está diseñado nuestro cerebro, no hay pensamientos sin emoción ni hay emociones sin pensamiento. Y, por lo tanto, no hay acciones sin necesidades ni necesidades sin acciones.

¿Que a qué me refiero con necesidades?

Estas necesidades de las que hablo ―las cuales son universales y aplicables a todos los seres humanos―, son estados emocionales que deseamos alcanzar continuamente mediante nuestras acciones. Es decir, que todas nuestras acciones son estrategias para sentirnos de la manera en la que consciente o inconscientemente deseamos sentirnos en un momento dado.

Relaciones emocionalmente inteligentes

A lo que me refiero, en otras palabras, es que todos pensamos y actuamos de la manera en la que lo hacemos para sentirnos de cierta manera. Generalmente y en última instancia, buscamos siempre un sentimiento de seguridad física o emocional.

No solemos ser conscientes de ello, pero nuestras emociones guían todas nuestras acciones y, por lo tanto, nuestras decisiones, pensamientos y acciones siempre van a ser una estrategia para podernos sentir de cierta manera; para cubrir una necesidad.

Es decir, todos hacemos lo que hacemos y pensamos lo que pensamos ―incluso si no somos conscientes de ello― como estrategia para satisfacer una determinada necesidad.

Piénsalo.

Llamas a tus amigos a ver si quieren/pueden cenar contigo porque quieres cubrir una necesidad determinada. Probablemente, porque quieres sentirte escuchado/a o querido/a.

Vas a la fiesta que te invitaron el otro día porque quieres cubrir una necesidad determinada. Probablemente, porque quieres sentirte valorado/a o conectado/a con los demás.

Te vas a dar una vuelta a disfrutar de la tranquilidad de tu compañía porque quieres cubrir una necesidad determinada. Probablemente, porque quieres sentirte en calma o libre.

Rechazas ir a la fiesta que te invitaron el otro día porque quieres cubrir una necesidad determinada. Probablemente, porque quieres sentirte tranquilo/a.

Y, si lo pensamos bien, buscar sentirnos bien significa evitar sentirnos inseguros.

Por lo tanto, todos hacemos lo que hacemos y pensamos lo que pensamos ―incluso si no somos conscientes de ello– como estrategia para evitar sentirnos inseguros.

Nuestras necesidades vs. las de los demás

Debemos distinguir las opiniones que buscan ayudarnos a alcanzar nuestra mejor versión de aquellas que buscan satisfacer las necesidades de la persona que nos lo dice, sin tener en cuenta las nuestras. Debido a que en multitud de ocasiones tomamos o queremos tomar decisiones que a otros no les gusta, muchas veces las opiniones de los demás son estrategias para satisfacer su propia necesidad de seguridad emocional –o para evitar sentir inseguridad–, aunque rara vez nos demos cuenta.

Les contamos una idea, sienten incomodidad al escucharla –por lo que sea– y nos dicen algo parecido a:

«Yo no haría eso».

Si decidimos hacer lo contrario a lo que nos aconsejan, se enfadan y, con tal de cubrir su inseguridad o satisfacer su necesidad, nos dicen:

«Qué decepción», «estás cometiendo un error» o «te arrepentirás».

¿El resultado?

Nos hacen daño, se enfadan, nos entristecemos, nos peleamos, les vemos de diferente manera, cambian su percepción de nosotros…

Y es normal, todos proyectamos nuestras inseguridades y necesidades en los demás.

Los cuatro pasos para solucionar cualquier conflicto (sin violencia)

¿Qué podemos hacer para evitar que nuestro entorno proyecte sus necesidades en nosotros?

Para distinguir las opiniones que buscan ayudarnos a alcanzar nuestra mejor versión de aquellas que buscan satisfacer las necesidades de la persona que nos lo dice, podemos preguntarnos:

«¿Busca la opinión de esta persona ayudarme o limitarme?»

«¿Cuánto de objetiva es la opinión/percepción de esta persona?»

«¿Qué necesidad busca satisfacer con su opinión?»

«¿Está teniendo en cuenta mis necesidades?»

«¿Qué inseguridad puede estar influenciando lo que piensa?»

Como personas emocionalmente inteligentes, lo ideal es que –si podemos y nos importa la opinión de la persona que nos dice esto–, identifiquemos lo que le preocupa sobre nuestra decisión y calmemos su inseguridad.

Así nos aseguramos de que las opiniones que realmente nos afectan y hacemos caso son objetivas y no emocionales.

Perfecto. Pero, ¿qué pasa cuando somos nosotros los que proyectamos nuestras necesidades en los demás?

Cuando nos decepcionan a nosotros

«Me has decepcionado».

«Me has fallado».

«Qué decepción».

Todos hemos dicho estas frases alguna vez, es normal. Pero, hay una cosa que debemos tener en cuenta de aquí en adelante.

Todo lo que sentimos por los demás –al igual que lo que pensamos sobre ellos– es en realidad responsabilidad nuestra.

Déjame que te explique.

Cómo funciona nuestro cerebro

Nuestro cerebro está constantemente prediciendo lo que sucederá en el siguiente instante de nuestra vida ―tanto positivo como negativo― y, por lo tanto, cómo nos sentiremos en el próximo segundo de nuestras vidas.

Así funciona nuestro cerebro y en concreto una parte llamada amígdala.

La amígdala

Las predicciones de nuestra amígdala ―la cual busca protegernos de amenazas que atentan contra nuestra supervivencia―, vienen derivadas de experiencias obtenidas del pasado o de momentos del pasado que a nuestra amígdala le recuerda al momento que estamos experimentando ahora mismo. Dependiendo de sus predicciones, el cerebro libera diferentes sustancias químicas que provocan cambios fisiológicos en el cuerpo que nos preparan para lo que la amígdala ha predicho.

Es decir, que lanza sustancias químicas que nos hacen sentir de cierta manera. Normalmente, estos químicos son dopamina en el caso de ser predicciones positivas ―o endorfina, serotonina u oxitocina también, dependiendo de la situación― o cortisol, que es la hormona del estrés, en el caso de ser predicciones negativas.

Esos químicos son las emociones y su misión es animarnos a pasar por ciertas experiencias o protegernos de ellas.

Pero nuestra amígdala no se detiene ahí.

Nuestra amígdala, con tal de que evitemos pasar por experiencias que aparentemente significan una amenaza para nosotros, moldea nuestra percepción de la situación y hace que pensemos de manera negativa sobre esa situación para evitar pasar por esta.

Es entonces cuando, con tal de evitar ciertas personas o situaciones, nos mantenemos en nuestra zona de confort.

Es por eso que, dependiendo de las experiencias que tuvimos en el pasado, nuestro cerebro crea nuestras necesidades, emociones y expectativas de los demás. Cada uno necesita, siente y piensa según su propio pasado.

Por lo tanto, no es justo hacer a los demás responsables de:

  • Lo que necesitamos de ellos
  • Lo que sentimos por ellos
  • Lo que pensamos sobre ellos

Responsabilidad emocional

Vídeo extraído del curso Trabajar con Inteligencia Emocional, el cual está en proceso de edición. Si deseas ser notificado/a cuando este esté terminado, apúntate aquí (no te enviaré ningún otro email que no sea para informarte sobre el curso).

Nuestras emociones son nuestras y de nadie más. Las emociones de los demás son suyas y cada uno debe hacerse responsable de sus propias emociones.

Por eso mismo, las personas emocionalmente inteligentes siempre asumen la responsabilidad de lo que es suyo. Es decir, de sus propias emociones y de sus propios pensamientos.

Es por eso que las personas emocionalmente inteligentes de verdad siempre se responsabilizan de lo que necesitan, sienten y piensan de sus relaciones.

Relacionarse con Inteligencia Emocional significa ser consciente de nuestras necesidades y satisfacerlas nosotros mismos sin esperar a que nadie lo haga por nosotros.

Relacionarse con Inteligencia Emocional significa hacernos responsables de nuestra propia felicidad.

Nada más ni nada menos.

De esa manera, no haremos responsables a los demás de nuestras necesidades, evitando intentar cambiarles si no lo hacen.

Ni les veremos ―inconscientemente― como individuos que deben cubrir nuestras necesidades, sino que les veremos y querremos como realmente son.

Querremos a nuestros amigos, parejas y familiares por cómo mejoran nuestra vida, no porque necesitemos que nos hagan felices.

Porque solo nosotros seremos responsables de serlo.

No porque necesitemos que nos hagan felices, ya que solo nosotros somos responsables de lo que sentimos.

Porque saben que si su felicidad o bienestar depende de lo que hagan o digan los demás, sufrirán siempre.

Es decir, se decepcionarán tarde o temprano.

Colocar nuestra felicidad en aquello que podemos controlar –en vez de en lo que digan o hagan los demás–, significa querer a nuestras relaciones tal y como son, en vez de hacerlo solamente si se comportan como nosotros queremos.

Porque en el momento en el que no nos hacemos responsables de nuestra propia felicidad, sufrimos.

Y eso, las personas emocionalmente inteligentes, lo saben. Por eso evitan siempre responsabilizar a otros de su propia felicidad y se hacen responsables en todo momento de lo que sienten, necesitan y piensan de los demás.

Siempre.

27 comentarios en “Cómo proyectamos nuestras inseguridades en los demás”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio