Cuando rumiamos más de la cuenta

¿Conoces a alguien capaz de pasarse horas pensando sobre algo que le ha hecho sentir mal?

Yo era de esos.

Imagina estar hablando tranquilamente con un familiar tuyo –el hermano de tu padre, por ejemplo– y de repente sacar el peligroso tema de la política. Empezáis ambos calmados, pero pronto os empezáis a alterar y acabáis discutiendo sobre las distintas medidas que debería realizar el gobierno. Finalmente, tu tío –visiblemente nervioso– te dice:

“Deberías estudiar más y hablar menos”.

Lo dice de forma muy despectiva y hasta un poco violenta. Y a ti, evidentemente, te sienta muy mal. 

Eres consciente de que claramente él está nervioso o alterado y tú reaccionas a su ataque de forma elegante y sin atacarle de vuelta, diciéndole:

“Puede que tengas razón, tío”.

La discusión acaba creando un ambiente tenso en el lugar, pero os despedís cordialmente y cada uno se va a su casa.

De vuelta, te sientes mal por lo que ha ocurrido y, por alguna razón, no puedes dejar de darle vueltas en tu cabeza a lo que ha insinuado tu tío.

“¿Ha insinuado que no sé nada de política?”

“¡Pero si soy graduado en relaciones internacionales y ciencias políticas!”

“¿Cómo es posible que me haya insultado de esa manera?”

“Qué poco respeto me tiene. En realidad nunca me lo ha tenido”.

“Ahora que lo pienso, pocos miembros de la familia me tienen respeto”.

“Son todos unos…”

Y así te pasas unos cuantos cuartos de hora.

Las predicciones de nuestro cerebro

Mucha gente lo pasa mal tras un contratiempo profesional o un disgusto/conflicto personal. Comienza con una sensación incómoda por algo que ha ocurrido y termina con minutos, horas o incluso días de rumia y malestar emocional.

Y es normal.

Según varios estudios, los seres humanos tenemos una media de más de 6.000 pensamientos al día. Se estima que alrededor del 94% de esos pensamientos son repetitivos y que el 80% de estos son negativos.

Añadido a estos datos, tengamos en cuenta que, según escribe la neurocientífica Lisa Feldman Barrett en su libro La vida secreto del cerebro, cada pensamiento que tenemos genera una reacción química en el cerebro que produce y libera neurotransmisores en el cuerpo. Cada pensamiento positivo sobre los demás o constructivo hacia nosotros mismos libera dopamina en el cuerpo –es decir, felicidad–, mientras que cada pensamiento negativo sobre los demás o destructivo hacia nosotros mismos genera adrenalina y/o cortisol –es decir, estrés–.

Esto ocurre porque nuestro cerebro se pasa la vida entera prediciendo si cada estímulo o evento de nuestra experiencia representa una amenaza o no para nuestro bienestar. Si sus predicciones son positivas, libera dopamina para animarnos a pasar por esa experiencia. Y si sus predicciones son negativas, libera cortisol para que nos estresemos y evitemos pasar por esa experiencia.

Estas predicciones son inconscientes.

Y es que los pensamientos repetitivos que tenemos en nuestra cabeza, los cuales nos hacen sentir incómodos, son predicciones de nuestro cerebro también.

Pero esas son predicciones conscientes.

Si lo pensamos bien, cuando rumiamos en nuestra cabeza, predecimos lo que puede ocurrir en el pasado o el futuro, gastando tiempo y energía intentando controlar lo que no podemos. Nos preocupamos por lo que ha ocurrido o por lo que va a ocurrir, ensayando mentalmente lo que podría salir mal y cómo podríamos lidiar con el peor escenario posible.

Y esto no está mal si lo hiciéramos en su justa medida.

No estaría mal si lo hiciéramos de forma sana.

Cada predicción sobre el futuro o el pasado ofrece otra oportunidad para rumiar un poco más. Una nueva predicción conduce a otra y esta a otra, generando con cada pensamiento negativo un poco más de estrés que el anterior. Y cuanto más estrés sentimos, más pensamientos negativos tenemos, generando así más estrés todavía.

Este círculo vicioso continúa durante minutos, horas o incluso días hasta que nos damos cuenta de que estamos yendo de un lado a otro sin nada que poder solucionar. Es en ese momento –si somos conscientes de lo que está ocurriendo en nuestra cabeza– decidimos cambiar nuestro foco de atención a otra cosa que nos sirva mejor o nos haga sentir bien de nuevo, como por ejemplo a la tarea que estábamos realizando antes de comenzar la larga travesía por nuestro pasado y futuro.

Y no me malinterpretes. Rumiar en nuestra cabeza es fenomenal cuando nuestros pensamientos nos guían de manera efectiva hacia una meta específica o solución concreta, permitiéndonos ver una imagen amplia de lo que ha sucedido en el pasado o de lo que necesitamos lograr para solucionar un problema en el futuro.

Pero no todos rumiamos de esa manera todo el tiempo.

Las consecuencias de la rumia

Vídeo extraído del curso Trabajar con Inteligencia Emocional, el cual está en proceso de edición. Si deseas ser notificado/a cuando este esté terminado, apúntate aquí (no te enviaré ningún otro email que no sea para informarte sobre el curso).

El problema surge cuando nuestros pensamientos repetitivos se traducen en preocupación, tristeza o enfado innecesario o injustificado, alejándonos de una solución eficaz y de llegar a una meta clara.

Según el Dr. Daniel Goleman, «un análisis detallado de la preocupación crónica sugiere que este tiene todos los atributos de un secuestro emocional de menor grado; las preocupaciones parecen venir de la nada, son incontrolables, generan un zumbido constante de ansiedad, son impermeables a la razón y encierran a la persona en una visión única e inflexible del tema que le preocupa».

En consecuencia, nuestra linterna mental fija su atención en poco más que en aquello que amenaza nuestro bienestar –en el ejemplo anterior, en nuestro tío–, obligando a nuestro cerebro a obsesionarse con nuestro enemigo hasta que decidimos –consciente o inconscientemente– enfocarnos en otra cosa.

Hasta que eso ocurra, evidentemente, socavamos nuestra parte racional e interrumpimos nuestra toma de decisiones. Es por eso que mientras sentimos preocupación, enfado, envidia o tristeza –como hemos mencionado en lecciones anteriores– nuestra empatía, capacidad de concentración y efectividad se ve disminuida.  

Además, por si fuera poco, rumiar más de la cuenta afecta negativamente a nuestro estado de ánimo.

¿Por qué?

Pues porque mientras no paremos este círculo vicioso y, por lo tanto, nuestra amígdala siga sintiéndose insegura, esta moldea no solo los pensamientos sobre una determinada amenaza, sino todos nuestros pensamientos también.

Es decir, mientras nos encontremos estresados, preocupados, tristes o enfadados, todas nuestras percepciones estarán moldeadas por nuestras emociones incómodas. 

Y hasta que no hayamos solucionado nuestro problema, no estaremos de buen humor de nuevo.

Nuestras emociones incómodas no hacen distinciones entre nuestros pensamientos –moldeando solamente las percepciones sobre lo que no causa malestar– sino que moldea todos los pensamientos que tenemos sobre cualquier cosa.

Nuestras emociones –las incómodas y las agradables– no solo modifican la realidad de un evento en concreto, sino la realidad de todo lo que nos ocurre.

En el momento en el que te encuentras molesto/a porque tu tío ha insinuado que te falta conocimiento de política y llevas un tiempo rumiando sobre su (supuesta) falta de respeto, no solo piensas mal sobre él, sino que también:

  • Llegas al trabajo y tu compañera te dice que necesita algo de ti, haciéndote sentir peor de lo que normalmente lo haría.
  • Conduces tu coche volviendo a casa y te quedas atrapada/o durante diez minutos en el tráfico, haciéndote enfadar más de lo que normalmente lo haría.
  • Llegas a casa y te das cuenta de que las habitaciones están más desordenadas de lo habitual, haciéndote sentir más estrés de lo que normalmente lo haría.

Si tú estás mal, todo lo demás también. Y viceversa.

Este modus operandi de nuestro mecanismo de supervivencia influye negativamente en cómo interactuamos con otras personas, en cómo pensamos sobre nosotros mismos y sobre los demás y en cómo vemos el mundo que nos rodea, en general.

Es por eso que dicen que la relación que tenemos con los demás es un reflejo de la relación que tenemos con nosotros mismos.

Si no estamos bien con nosotros mismos, no estaremos bien con el mundo.

Pero, por supuesto, esto a las personas Emocionalmente Inteligentes no les pasa mucho.

Cómo dejar de rumiar tanto

29 comentarios en “Cuando rumiamos más de la cuenta”

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