
¡Ah… el amor!
¿Existe algo tan sencillo y tan complicado a la vez que amar a otro ser humano?
Nuestras relaciones vienen y van…
Las parejas se enamoran, se separan, se reencuentran, se olvidan…
¿Por qué?
Amamos, ¿pero lo hacemos con Inteligencia Emocional?
Muchas veces no.
Siete señales de que podemos tener una relación tóxica
¿Cómo podemos identificar si tenemos una relación tóxica?
O, al menos, ¿cómo podemos saber si nuestra forma de relacionarnos es poco emocionalmente inteligente?
He aquí algunos hábitos poco emocionalmente inteligentes en cualquier relación (familia, amigos, pareja o trabajo):
1- Cuando, al expresar nuestras emociones, la otra persona juzga cómo nos sentimos –a pesar de no poder controlar los sentimientos– nuestra relación con esa persona es poco emocionalmente inteligente y corremos el riesgo de que sea tóxica.
2- Cuando la otra persona intenta controlar cómo nos sentimos, qué pensamos y qué decisiones tomamos, nuestra relación con esa persona es poco emocionalmente inteligente y corremos el riesgo de que sea tóxica.
3- Si nos hace siempre responsable de lo que le ocurre en su vida, haciéndonos sentir mal por cosas que podría haber controlado esa persona, nuestra relación con esa persona es poco emocionalmente inteligente y corremos el riesgo de que sea tóxica.
4- Si nos pide cambiar para cubrir las inseguridades que esa persona tiene hacia nosotros –por lo que sea–, en vez de para ayudarnos a alcanzar nuestra mejor versión, nuestra relación con esa persona es poco emocionalmente inteligente y corremos el riesgo de que sea tóxica.
Ahora bien, ¿cómo queremos con Inteligencia Emocional o, al menos, de la forma menos tóxica posible?
Para responder a esta pregunta, antes debemos hablar un poco de nuestras necesidades.
Las necesidades de nuestro cerebro
Por cómo estamos diseñados, para bien o para mal, las emociones influyen en todas nuestras decisiones.
Vamos por la vida valorando, inconscientemente por supuesto, cada experiencia que vivimos y nos sentimos de cierta manera sobre los eventos que nos van ocurriendo.
Debido a cómo está diseñado nuestro cerebro, no hay pensamientos sin emoción ni hay emociones sin pensamiento.
Y, por lo tanto, no hay acciones sin necesidades ni necesidades sin acciones.
¿Que a qué me refiero con necesidades?
Estas necesidades de las que hablo ―las cuales son universales y aplicables a todos los seres humanos―, son estados emocionales que deseamos alcanzar continuamente mediante nuestras acciones. Es decir, que todas nuestras acciones son estrategias para sentirnos de la manera en la que consciente o inconscientemente deseamos sentirnos en un momento dado.
O, en otras palabras, todos pensamos y actuamos de la manera en la que lo hacemos para sentirnos de cierta manera ―generalmente y a última instancia, buscamos siempre un sentimiento de seguridad física o emocional―.
Piénsalo.
No solemos ser conscientes de ello, pero nuestras emociones guían todas nuestras acciones y, por lo tanto, nuestras decisiones, pensamientos y acciones siempre van a ser una estrategia para podernos sentir de cierta manera; para cubrir una necesidad.
¿Quieres sentirte conectado/a o querido/a? Llamas a tus amigos a ver si quieren/pueden cenar contigo o vas a la fiesta que te invitaron el otro día.
Depende de la estrategia que utilices para sentirte conectado/a o querido/a.
¿Quieres sentirte tranquilo/a o libre? Te vas a dar una vuelta tú solo/a a disfrutar de la tranquilidad de tu compañía o rechazas ir a la fiesta que te invitaron el otro día.
Depende de la estrategia que utilices para sentirte tranquilo/a o libre.
Voy a dar un sencillo ejemplo sobre estrategias:
Todos queremos seguridad emocional y física en nuestros hogares, ¿verdad? Es decir, protección.
La mayoría de las personas escoge instalarse un sistema de alarma para ello, pero otros escogen comprarse una escopeta para protegerse (sobre todo en los Estados Unidos), mientras que otros compran un par de perros que den mucho miedo.
Otros, ponen un vigilante en la puerta para que no entre nadie y otros compran veinte cerraduras extra para su puerta y solo salen de su cuarto una vez al año, mientras unos cuantos van a saludar a todos los vecinos uno a uno para conocerles y sentirse más seguros.
Como ves, todas las estrategias son válidas y muy diferentes entre sí. Pero la misma necesidad de seguridad dirige sus acciones.
Todos tenemos las mismas necesidades, pero unos las satisfacen de una manera y otros de otra.
Todo depende de la estrategia que elijamos para cubrir nuestra determinada necesidad.

Según el Centro de Comunicación No Violenta, las necesidades de las personas ―que nos permiten comprender de dónde provienen sus pensamientos y acciones, principalmente impulsadas por un deseo de seguridad física o emocional― son numerosas.
Pero, en resumen, las principales son las siguientes:
- Aceptación
- Conexión
- Expresión
- Cariño
- Desarrollo
- Respeto
- Atención
- Confianza
- Libertad
- Propósito
- Estabilidad
- Autoestima
Es decir, todos hacemos lo que hacemos y pensamos lo que pensamos ―incluso si no somos conscientes de ello―, como estrategia para satisfacer una determinada necesidad.
O, en otras palabras, para sentirnos:
- aceptados;
- conectados;
- escuchados;
- queridos;
- desarrollados;
- respetados;
- atendidos;
- confiados;
- libres;
- realizados;
- estables, o
- seguros de nosotros mismos.
Porque recordemos que eso es justamente lo que hace nuestro cerebro; hacernos sentir de cierta manera para moldear nuestros pensamientos y pensar y actuar para evitar una amenaza, atrayéndonos hacia una situación que sea segura para nosotros y nos haga sentir bien.
Y, como las necesidades son impulsadas por emociones ―y no podemos controlar el hecho de que sintamos emociones―, cada necesidad debe de ser escuchada, respetada y entendida.
Simplemente, como las emociones.
Pero existen dos problemas con nuestras necesidades.
Necesidades especiales
El primer problema es que, dependiendo de nuestra personalidad, deseamos satisfacer unas necesidades de manera más intensa que otras.
Todo depende de la importancia que le demos a ciertas necesidades.
La razón por la que unos buscan sentirse libres, escuchados o conectados más intensamente que otros se debe a las experiencias vividas durante su infancia; o bien nos acostumbramos de pequeños a sentirnos libres, escuchados o conectados ―tanto que buscamos sentirnos igual cuando adultos― o bien consideramos que nos faltó sentirnos libres, escuchados o conectados de pequeños ―buscando sentir ahora lo que no pudimos sentir de jóvenes―.
También ocurre ―y mucho― que consideramos que nos faltó sentirnos de cierta manera de pequeños ―libres, escuchados o conectados― y buscamos facilitar a otros el que se sientan de la misma forma.
Es decir, si alguien se acostumbró a ser el centro de atención durante su infancia, es posible que desarrolle ―inconscientemente― una necesidad de atención en su edad adulta, siendo sentirse atendido más importante que otras necesidades.
O, si alguien percibe que sus padres estuvieron muy encima suyo durante su infancia, es posible que desarrolle ―inconscientemente― una necesidad de independencia, siendo sentirse libre más importante que otras necesidades. O que desarrolle una necesidad de ayudar a otros a sentirse libres también.
En realidad da igual cómo se formaron este tipo de necesidades. Lo importante es que entendamos que todos buscamos satisfacer alguna necesidad más intensamente que otras, sintiéndonos muy inseguros si no conseguimos satisfacerlas.
Tiene sentido, ¿no?

Buscamos sentirnos de cierta manera porque nos produce un sentimiento de seguridad emocional y hasta que no conseguimos satisfacerla, nos sentimos inseguros. Cuanto más importante es para nosotros esa necesidad, más intensamente buscamos satisfacerla y más inseguros nos sentiremos si no lo logramos.
Es por eso que nuestras necesidades más intensas se podrían calificar como nuestras inseguridades, las cuales salen a la luz a través emociones como enfado, envidia, tristeza o mediante el resto de emociones incómodas.
Necesidad + necesidad = conflicto
El segundo problema ocurre cuando la estrategia para satisfacer nuestra necesidad choca con la estrategia de los demás para satisfacer la suya.
A lo mejor tienes la necesidad de sentirte conectado con tu amiga ―y tu estrategia para sentirte así es salir a cenar―, pero tu amiga puede que tenga la necesidad de sentirse libre ―y su estrategia para sentirse así es quedarse tranquilamente en casa después de un largo día de trabajo―.
Tú quieres salir a cenar, pero tu amiga no. He ahí un conflicto.
A lo mejor tienes la necesidad de sentirte respetado/a por tu familia ―y tu estrategia para sentirte así es anunciar tu último ascenso en el trabajo―, pero tu marido o mujer puede que tenga la necesidad de sentirse escuchado/a tras un estresante día ―y su estrategia para sentirse así es escuchar poco y hablar mucho sobre lo estresante que ha sido su día―.
Tú quieres hablar de tu ascenso, pero tu marido o mujer no te escucha porque quiere hablar de su día. He ahí otro conflicto.
A lo mejor tienes la necesidad de sentirte respetado por tu jefe en el trabajo ―y tu estrategia para sentirte así es comunicar los resultados de tu último gran proyecto―, pero tu jefe puede que tenga la necesidad de sentirse seguro y en ese momento no lo está (ya que tiene que terminar de hablar con un cliente y se siente estresado) ―y su estrategia para sentirse así es escuchar poco y decirte que ya hablaréis de tus resultados en otro momento―.
Tú quieres hablar de tu proyecto, pero tu jefe no te escucha porque tiene otras cosas que hacer. He ahí otro conflicto.

Evidentemente, existen situaciones mucho más tensas que estas y conflictos más graves que estos, pero esperamos que hayas entendido lo que queremos explicar.
El caso es que cuando ocurre esta desalineación de estrategias en repetidas ocasiones, o en momentos de estrés, las personas que nos rodean se convierten en personas complicadas, pesadas, que no nos caen bien, que no nos gustan, con la que tenemos poca conexión…
Existe otro tipo de conflicto, el cual ocurre cuando una persona desea satisfacer una de sus necesidades importantes, pero la otra persona no es consciente de la importancia que le da esa persona o no considera que es tan importante.
Es en ese instante cuando suelen surgir los conflictos más grandes con los demás, especialmente con nuestras parejas.
Piénsalo.
Un (muy simple) ejemplo:
Tienes una necesidad muy grande de comunicarte con tu pareja, pero tu pareja no tiene esa necesidad como la tienes tú y no te escribe en tres días. Un día te enfadas con tu pareja y le pides explicaciones. Tu pareja intenta comunicarse más contigo pero pronto vuelve a hacer lo mismo.
Y, claro, piensas:
«Nuestra relación no funciona».
Y es normal, es lo que solemos hacer todos; en vez de hacernos responsables de nuestras necesidades, esperamos que nuestras relaciones ―parejas, amistades, familiares― las satisfagan por nosotros.
Pero claro, cuando nuestras relaciones dejan de satisfacer nuestras necesidades, intentamos controlar lo que dicen, hacen y sienten.
Y por supuesto, si no lo hacen, les hacemos responsables de nuestras emociones y les hacemos sufrir:
«Me has hecho daño».
«Me has decepcionado».
«Sufro con lo que haces».
«No me ofreces la atención que merezco».
«No me quieres como deberías».
«No me das lo que necesito», en definitiva.
Inconscientemente, les queremos ―o nos caen mejor― solo si se comportan como nosotros queremos, viéndoles como la razón de nuestro sufrimiento si no lo hacen.
Si no nos hacen sentir como nosotros queremos que lo hagan, les limitamos con nuestras quejas o nos limitamos a nosotros mismos con preocupación y sufrimiento. En consecuencia, nos vamos separando poco a poco de nuestras relaciones y estas se van convirtiendo en tóxicas.
Vale, pero, ¿cómo se quiere de una manera emocionalmente inteligente?
Querer con Inteligencia Emocional
Querer con Inteligencia Emocional significa ser conscientes de nuestras necesidades y satisfacerlas nosotros mismos sin esperar a que nadie lo haga por nosotros.
Querer con Inteligencia Emocional significa hacernos responsables de nuestra propia felicidad.
Nada más ni nada menos.
De esa manera, no haremos responsables a nuestras relaciones de nuestras necesidades (evitando intentar cambiarles si no lo hacen) ni les veremos ―inconscientemente― como individuos que deben cubrir nuestras necesidades, sino que les veremos y querremos como realmente son.
Querremos a nuestros amigos, parejas y familiares por cómo mejoran nuestra vida, no porque necesitemos que nos hagan felices.
Porque solo nosotros seremos responsables de serlo.
¿Y cómo comenzamos a hacernos responsables de nuestras necesidades?
Nuestras necesidades salen a la luz cuando sentimos emociones incómodas (enfado, tristeza, envidia…), siendo estos momentos ocasiones perfectas para aplicar la Inteligencia Emocional y preguntarse:
«Qué he sentido cuando ___ ha hecho ___?»
«¿Qué necesidad tengo y cómo puedo satisfacerla yo mismo?»
«¿Qué puedo controlar yo en esta situación?»
«¿Qué le estoy pidiendo hacer a ___ que puedo hacer yo por mi mismo/a?»
A su vez, tampoco es justo amoldarnos siempre a la otra persona mientras esta hace todo lo que quiera con nosotros. La otra persona ―ya sea amigo, pareja o familiar― debe saber cuáles son exactamente nuestras necesidades y cómo nos sentimos cuando actúa de cierta manera.
Por ello, las personas emocionalmente inteligentes comunican sus emociones siempre que se sientan incómodos por algo que ha dicho o hecho la otra persona. Pero ojo; nunca juzgando y culpando a la otra persona y siempre haciéndose responsable de sus emociones y necesidades.
Además, está científicamente probado que si no comunicamos a nuestras relaciones lo que nos sienta mal de sus acciones, vamos acumulando ―inconscientemente como siempre― emociones incómodas hasta que sentimos rechazo hacia ellas.
Es decir:
«Me gustaría decirte que tengo una gran necesidad de comunicarme contigo porque me gusta hablar contigo. Sé que tú no la tienes tanto como yo y quiero que sepas que lo entiendo y respeto. Pero también quería comentarte que, aunque yo soy responsable de mis emociones y estoy trabajando para que no me afecte tanto la próxima vez, sentí un poco de tristeza/enfado al ver que no me escribías».
De esta manera, expresamos lo que sentimos sin que la otra persona se sienta atacada ni controlada. Trabajamos para que no nos afecte la próxima vez mientras la otra persona trabaja ―muy probablemente si el amor es recíproco― en tener más en cuenta nuestras necesidades la próxima vez.
Así nos acercamos el uno al otro y ambos crecemos personalmente.
Así nos hacemos responsables de nuestras necesidades sin responsabilizar a los demás de hacernos felices.
Nos liberamos a nosotros mismos y liberamos a nuestras relaciones también.
En definitiva, la idea es bailar.
Un baile entre responsabilizarnos de nuestras necesidades y satisfacerlas nosotros mismos mientras comunicamos ―sin juzgar ni controlar las acciones de la otra persona― nuestras necesidades y sentimientos.
Así se quiere con Inteligencia Emocional.

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