
Todo sobre nosotros –cómo no sentimos, cómo pensamos y cómo actuamos– es gracias a una maravillosa combinación entre nuestro ADN (nuestra genética) y las experiencias vividas a lo largo de los años, especialmente durante nuestra infancia –cómo hemos sido educados y el tipo de interacciones que hemos tenido con nuestra familia y amistades–.
¿Por qué?
Nuestros cerebros vienen ya programados para crecer desde el principio de nuestros días, pero se necesitan poco más que veinte años para completar esta tarea, lo que convierte al cerebro en el último órgano del ser humano en madurar anatómicamente.
Lo cierto es que los genes definen gran parte de nuestra personalidad al nacer, pero como dijo una vez el psicólogo John Crabbe, «si los genes fueran todo lo que somos, encontraríamos muy pocas diferencias entre los humanos».
La razón por la que existen tantas diferencias entre los seres humanos es porque, biológicamente hablando, es imposible que nuestros genes funcionen independientemente de nuestro entorno. Nuestros genes están diseñados para ser regulados por las señales que recibimos de nuestro entorno, lo que significa que nuestras experiencias afectan a si nuestros genes se activan o se desactivan, determinando así qué rasgos de los que heredamos al nacer expresamos cuando crecemos.
En otras palabras, todos tenemos una serie de genes en nuestro ADN que se activan o no dependiendo de nuestras experiencias.
De hecho, una investigación realizada por el Dr. Michel Boivin, mostró que los genes pueden determinar la diferencia de personalidad entre los seres humanos como máximo en un 50%. Y de ese 50%, alrededor de un 60% de todos nuestros genes pueden activarse o desactivarse. Es decir, el porcentaje de Inteligencia Emocional que cada ser humano desarrolla está mayoritariamente determinada por sus experiencias y muy poco por su ADN.
Esto es una muy buena noticia para nosotros, ya que el éxito y el bienestar emocional –como defienden innumerables expertos en la materia– no se definen por nuestras habilidades matemáticas o lógicas (nuestro coeficiente intelectual), sino por habilidades que pueden ser aprendidas a lo largo del tiempo.
Daniel Goleman incluye en su libro Inteligencia Social un punto muy interesante para respaldar la importancia que tiene las experiencias personales y la educación durante los primeros años de vida en el desarrollo de nuestra personalidad. Goleman expone que una excelente manera de observar la separación que existe entre la genética y las experiencias es cómo pensamos sobre nosotros mismos:
“Sin duda, el sentido de autoestima general de un adolescente depende mucho de cómo se haya tratado a ese niño y casi nada con la genética. Pero luego, una vez formado, el sentido de autoestima del niño da forma a su comportamiento al margen de los desafortunados cuidados de los padres, las presiones de los compañeros o cualquier dato genético».
Pero, ¿qué define si alguien crecerá siendo más seguro de sí mismo o más consciente de sus propias emociones que los demás?
¿Por qué unos no sabrán gestionar su ira y otros crecerán siendo más resilientes que otros?
La calidad de nuestras interacciones
El ingrediente que más influye en la Inteligencia Emocional de los más jóvenes, demostrado científicamente por el psicólogo y experto en relaciones de pareja y familiares John Gottman y el psiquiatra y profesor de UCLA Daniel Siegel, es la calidad de las interacciones que tenemos de pequeños con nuestros educadores.
Ambos defienden que cada interacción con los niños es una oportunidad única para ayudarles a desarrollar su Inteligencia Emocional.
¿Cómo?
Preguntándoles y haciéndoles pensar.
Como cuentan el Dr. Gottman en Raising an Emotionally Intelligent Child y el Dr. Siegel en El cerebro del niño, cuanto más hacen reflexionar los padres o profesores a los niños sobre sus propias emociones y las de los demás cuando interactúan con ellos, más posibilidades existen de que se conviertan en adultos emocionalmente inteligentes.
Por ejemplo:
- No es lo mismo leer un libro con un niño o una niña –simplemente– que leer un libro con un niño o una niña y preguntarle cómo cree que se sienten los personajes al actuar de la manera en la que actúan, además de cómo hubiera actuado él o ella en la misma situación.
- No es lo mismo recoger a unos niños del colegio –simplemente– que recogerles del colegio y preguntarles cómo se han sentido antes y después de realizar el examen de matemáticas que tuvieron por la mañana, además de cómo podrían calmar los nervios la próxima vez.
- No es lo mismo cenar con un/a adolescente –simplemente– que cenar con un adolescente y preguntarle cómo se sintió al hablar con el chico o la chica que le gustaba en la fiesta del pasado fin de semana, además de cómo podrá superar su timidez la próxima vez que le vea.
- No es lo mismo ver una película con un niño o una niña –simplemente– que ver una película con un niño o una niña y preguntarle cómo cree que se sienten los personajes en distintas escenas, además de qué consecuencias negativas tiene actuar influenciado por emociones incómodas.
Cuanto más se concentran en lo que sienten, expresan y reflexionan sobre sus propias emociones y las ajenas, más escuchan, valoran y utilizan los niños sus emociones al crecer.

Por el contrario, cuanto menos expresan cómo se sienten, menos probabilidades existen de que los niños crezcan compartiendo sus necesidades y valorando los sentimientos de los demás.
Cuanto más reflexionan los niños sobre las consecuencias de sus actos, más responsables de sus actos y conscientes de los demás crecen.
Por el contrario, cuanto menos piensan en cómo se pueden sentir los demás con sus decisiones, menos probabilidades existen de que valoren el impacto que tienen sus acciones en los demás.
Cuanto más piensan en el lado positivo de cada experiencia, más rápido pueden aliviarse de sus emociones incómodas cuando sufren un disgusto personal o profesional cuando son adultos.
Por el contrario, cuantas más críticas reciben los niños cuando cometen un error, más críticas reciben de ellos mismos cuando comenten algún error de adultos.
Ves el denominador común, ¿verdad?
Cada interacción con los más jóvenes es una gran oportunidad para hacerles reflexionar, valorar y utilizar las emociones para su propio beneficio en el futuro.
La calidad de nuestras interacciones con los adultos es lo que determinan nuestro temperamento y necesidades socioemocionales cuando nos hacemos mayores, moldeando la relación que tenemos con nosotros mismos y con los demás.
Por ello, son múltiples las figuras que tienen alguna responsabilidad en nuestra educación emocional durante la infancia; padres, hermanos, abuelos, maestros y amigos se convierten en cuanto nacemos en los principales autores del crecimiento de nuestro cerebro y el desarrollo de nuestra Inteligencia Emocional.
Adultos emocionalmente inteligentes = Jóvenes emocionalmente inteligentes = Adultos emocionalmente inteligentes
Está claro; cuanto más se acostumbran los niños a escuchar, hablar, respetar y manejar las emociones durante su niñez, más emocionalmente inteligentes son de adultos.
Pero, para que ocurra un apropiado desarrollo emocional en los más jóvenes, los adultos deben de ser emocionalmente inteligentes también.
Según la Universidad de Washington, cuando los padres adquieren educación emocional —comparado con padres que no manejan ni valoran sus sentimientos, por ejemplo– se llevan mejor con sus hijos, mostrándoles estos más afecto y teniendo menos tensión con los hijos. En consecuencia, estos niños manejan mejor sus emociones, tienen más herramientas para calmar sus niveles de estrés, tienen menos problemas de comportamiento, gozan de más amistades, prestan mejor atención y aprenden mejor.
Se ha demostrado también que aquellos padres que son más atentos y receptivos a los llantos de su bebé –y a sus estados de ánimo en general– o que son más afectuosos y tiernos con ellos, sus hijos tienen más posibilidades de crecer siendo más empáticos con los demás y teniendo relaciones más sanas.
Otras investigaciones aseguran que cuando las madres no prestan mucho caso a los estados emocionales de sus bebés, los patrones de apego de estos se ven alterados, creciendo desconectados con sus padres y desapegados de las emociones ajenas.
Y tiene sentido, ¿no?
Si los padres son emocionalmente inteligentes, habrá muchas probabilidades de que sus hijos acaben siéndolo también.
Debemos construir un presente emocionalmente inteligente para crear un futuro emocionalmente inteligente.
Pero, ¡cuidado!
No he escrito este artículo para ofender ni criticar a nuestros padres o profesores. El pasado es el pasado y ya no podemos cambiarlo. No tiene sentido pasar ningún segundo de nuestra vida pensando en algo que ya no podemos controlar si no nos sirve bien.
Estoy completamente seguro de que nuestros padres hicieron lo mejor que pudieron, al igual que lo hicieron sus propios padres antes.
Y al igual que lo haremos nosotros.
Debemos de tener claro que cada uno de nosotros hemos sido educados de una manera diferente y todos hemos pasado por diferentes experiencias en la vida. Por lo tanto, todos poseemos un conjunto diferente de habilidades y características en cuanto a Inteligencia Emocional se refiere.
Nadie es perfecto, pero todos tenemos muchas virtudes de las que enorgullecernos. Y eso también es gracias a nuestros padres.
A lo mejor no somos muy buenos leyendo rostros, pero somos capaces de crear confianza muy rápidamente con los demás.
A lo mejor nos cuesta un poco empatizar con los demás, pero vamos sobrados de resiliencia.
O a lo mejor nos distraemos con facilidad, pero tenemos mucha seguridad en nosotros mismos.
La clave está en identificar nuestras áreas de mejora, aceptarlas y trabajar para desarrollarlas.
Para alcanzar la mejor versión de nosotros mismos. Porque todo el mundo puede hacerlo:
“Careces de Inteligencia Emocional”
Dicho esto, quiero también romper un mito bastante extendido hoy en día, ya que mucha gente cree que algunos son 100% emocionalmente inteligentes y otros no, teniendo unos que cambiar su identidad de pies a cabeza y siendo otros perfectos en cuanto a Inteligencia Emocional se refiere.
Nada más lejos de la realidad.
Lo cierto es que todos somos emocionalmente inteligentes, a la vez que todos necesitamos desarrollarla también.
¿Qué quiero decir con esto?
Pues que es mentira que unas personas sean 100% emocionalmente inteligentes y otras no; todos lo somos en cierta medida.
Todos somos más emocionalmente inteligentes en unas áreas que en otras, de igual manera que hemos desarrollado ciertas características más que otras.
Es decir, podemos perfectamente tener una gran habilidad para dirigir nuestra atención, controlar nuestros impulsos y crear confianza en los demás, pero a la vez tener poca consciencia de lo que sentimos en el momento presente, empatía hacia los demás y capacidad para trabajar en equipo.
Podemos tener mucha confianza en nosotros mismos y ser bastante resilientes, a la vez que muy poco socialmente conscientes e incapaces de tener relaciones saludables.
De igual manera que podemos ser muy buenos en matemáticas y plástica, a la vez que no tanto en inglés y gimnasia.
Cada uno de nosotros tenemos nuestro abanico de habilidades y características; unos tienen unas habilidades más desarrolladas que otras, pero ninguno carecemos de nuestro abanico.

La diferencia entre las habilidades y características que ya tenemos y las que nos quedan por mejorar, es lo que nos falta para alcanzar la mejor versión de nosotros mismos.
Y es que cualquier espacio entre nuestra versión actual y nuestra mejor versión posible –para cualquier aspecto de nuestra vida– va a poder ser siempre completado por el desarrollo de nuestra Inteligencia Emocional.
Repito; todos somos emocionalmente inteligentes, a la vez que todos necesitamos desarrollarla también.
La clave es identificar qué habilidades/características debemos adquirir y comenzar a convertirnos en nuestra mejor versión.

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